Después del recorrido que habíamos planeado y no planeado, quisimos terminar el viaje tirados panza arriba, tomando un coco o una birra en “el paraíso”.
Para eso, habíamos pensado poder quedarnos en un solo lugar 10 días y de ahí tomarnos barquitos para ir a las playas.
Resulta que no pudimos. Asi que lo que iban a ser 10 días sin armar y desarmar mochilas, se convirtieron en el mismo tiempo, pero cambiando 6 veces de lugar.
Paramos en Krabi town, después de un vuelo desde Bangkok.
Krabi town es amable, parece un pueblo con mucha vida, centro de los barquitos que llevan a lugares lindos.
Tomamos dos tours de todo el día (bueno de medio día porque cuentan de 10 a 4).
Primero fuimos a “four island”. Hermoso. el barquito nos fue paseando por cuatro islas (cuac), una más linda que la otra. El agua, más cristalina cada vez. En un momento nos llevamos la cámara de fotos al agua, altura hasta la cintura. Veíamos nuestras patas, los peces y la arena blanca. Bellísimo!!!!
Al otro día, seguimos entusiasmados con los tours y nos fuimos para la afamada Phi Phi. Esa isla que tiene la playa Maya Bay donde se filmo la peli “La Playa” y que es el paraíso mismo. Son dos islas, una en la que se puede dormir, otra agreste que solo se puede visitar o acampar con el permiso del cuidador del Parque Nacional (las dos son parque nacional junto con un par más, como la Chicken, Mosquito, Bambú y así).
Phi phi tiene el agua más turquesa que alguna vez hayamos visto. De más está decir cuál fue el plan. Tirarnos cual lagartijas en la arena, cada cinco minutos ir al agua. Comer, tomar y de vuelta a lagartijear, aguar y así.
Después de 3 noches en Krabi, nos fuimos. Primero pasamos unos días
en Phi Phi y después otros en Railay, después volvimos a Krabi. Como los
alojamientos no sobraban, dormimos en Railay en dos lugares diferentes, a Krabi
volvimos siempre al mismo hostel y el Phi phi dormimos en unas cabañitas muy
lindas.
El plan fue: descansar todo lo que podíamos, pero sinceramente no lo
logramos, porque las hormigas nos seguían picando, entonces nos decían que dos
kilómetros más para allá había una playa más linda, y allá íbamos y asi
sucesivamente, que la vista desde arriba del cerro era mejor, y allí íbamos...
La cuestión es que nos encantó!!!!!!!! Y que el agua thai se zarpa.
En Phi phi, Ana buceó con tiburones y se pego un cagazo padre. Los dos hicimos snorkel y Ser se acordó de su profe de natación, Gonza.
La noche merece unas líneas aparte. Phi phi además de ser el paraíso hecho lugar, de noche es el centro del reviente infernal. Cómo sería un reviente bien reventado. Se empieza a las seis de la tarde comprando un “balde” en las mesas que sacan a las calles. El balde de distintos precios y tamaños puede tener, por ejemplo: vodka, gin, ron, whisky, coca. Todo en tamaño petaca para ser mezclado en esos recipientes que en la infancia usábamos para hacer castillitos en la arena. Los negocios de tatuajes no cierran por la noche, asi que ese es el momento en el que más llenos están. O sea; te agarrás una terrible borrachera y después al tatuador derecho. También podés hacer una parada intermedia e ir a los bares que se ponen sobre la playa que tienen shows de fuego, música al mango y luces de colores. A la mañana siguente, caminando por la calle, vimos un montón de gente con gasas en el cuerpo post tatuaje… nos quedaron las ganas de preguntarle al menos a uno, si realmente sabía qué se había tatuado, pero nos pareció que era fuera de lugar.

