Si algo hemos descubierto, es que Starbucks, Mcdonals y un centro financiero son siempre iguales en cualquier parte. Metal, espejo, marmol, lucecitas y altura parecen ser los componentes indispensables para hacer un edificio que sea el escenario de los grandes movimientos de guita.
Una diferencia es que las Petronas son muuuuuuuy grandes y altas. Son imponentes y también son monstruos de metal. Tienen un zarpado shopping de seis pisos a sus pies, arbolitos de navidad blancos con copos de nieve en un clima tropical. Es muy raro en un país donde apenas el 11% son cristianos haya tantas personas con gorritos de navidad y ojos rasgados.
En frente del vil metal, hay un parque para niños todo de venecitas con fuente de agua incluida. Y antes que el parque para niños, hay un parque bien cuidado, pastito cortadito donde nunca falta quien ofrezca un ipod afanado o al menos de dudosa procedencia.
Si uno se muere de ganas de subir a las Petronas, y de ver el mundo desde ahí, hay dos maneras: por solo sesenta pe argentos, lo puede hacer. O bien, estar a las ocho de la matina a sus pies, para recibir uno de los pocos pases gratuitos que hay. No hicimos ninguna de las dos. Nos fuimos a caminar por los parques.
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